Es una de esas noches raras, enigmáticas, donde te parás en cualquier parte a observar lo que va de tu vida. Te parás porque antes estabas caminando, o peor aún, corriendo. Y frenás los engranajes dentro de tu cerebro, el cual deja de entrelazar tantas ideas y separa sólo las necesarias para vislumbrar la pesadez del karma que se empieza a sentir. Y arde. Arde como nunca antes.
Te sentís aburrida. El aburrimiento jode porque durante ese lapso, estás vos con vos. Esa es la triste movida.
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